José Fullea
I. La Geometría del Espacio y el Contraste
Piense una línea imaginaria que delimite exactamente 19,87 kilómetros cuadrados. Esa es la superficie total de la ciudad autónoma de Ceuta. Trasládela ahora al corazón de Madrid, dibujando un perímetro que abrace la Puerta del Sol, la Plaza de Cibeles y el Paseo del Prado. El espacio físico es exactamente idéntico; lo que cambia es el relato, el perfil de quienes lo habitan y la mirada de quienes los observan.
En el mapa de Madrid, durante cualquier fin de semana, 150.000 turistas deambulan por esas calles. Caminan despacio, fotografían monumentos, colapsan las aceras y saturan los comercios. Su presencia masiva altera por completo la dinámica de la ciudad. Sin embargo, nadie se siente amenazado. Su tránsito se considera un indicador de éxito, prosperidad y normalidad cosmopolita. Son la masa invisible que genera riqueza-
En el mapa de Ceuta, en esa misma extensión de terreno, permanecen 9.000 adultos marroquíes. Numéricamente, representan apenas una quinceava parte de la multitud que abarrota el centro de Madrid. Pero la respuesta social e institucional es diametralmente opuesta. Aquí no hay normalización, hay alarma.
II. La Humanidad Suspendida
La verdadera fractura no es el número de personas, sino las condiciones de su existencia. Mientras el flujo turístico en Madrid se mueve entre hoteles, restaurantes y museos con todas sus necesidades cubiertas, los 9.000 seres humanos que permanecen en Ceuta lo hacen bajo el peso de la desnutrición, la falta de higiene y la exposición constante a enfermedades infecciosas.
Su vulnerabilidad médica y social es extrema. No están de paso, no son consumidores; están atrapados en sus márgenes, sobreviviendo en condiciones que atentan contra la dignidad humana más elemental. Esta situación genera una profunda y legítima preocupación en la población local, pero a menudo esa preocupación se canaliza en forma de miedo o rechazo hacia la víctima, en lugar de indignación hacia la precariedad del sistema que lo permite.
III. ¿Solidaridad o el Valor Selectivo de la Vida?
Este escenario nos obliga a plantear una pregunta incómoda: cuando observamos estos dos fenómenos paralelos, ¿estamos ante un ejercicio de solidaridad selectiva o ante la dolorosa confirmación de que, para nuestra sociedad, no todas las personas valen lo mismo?
El sociólogo Zygmunt Bauman acuñó el término «turistas y vagabundos» para describir esta contradicción de la globalización. Los turistas son viajeros deseados, aquellos a quienes se les abren las puertas y se les perdona el colapso del espacio público porque traen consigo divisas. Los migrantes en situación de vulnerabilidad son percibidos como los viajeros proscritos, aquellos que recuerdan la fragilidad de las fronteras y las deudas pendientes de los derechos humanos.
No nos molesta la masa de 150.000 personas porque su presencia está mercantilizada; nos inquieta la presencia de 9.000 porque su dolor y su desamparo actúan como un espejo incómodo. La asimetría en la reacción no es una cuestión de espacio o de gestión de multitudes; es una cuestión de estatus. Revela cómo la empatía colectiva se activa ante el consumidor y se congela ante el desposeído, transformando un problema de derechos humanos y salud pública en un debate sobre la seguridad, y evidenciando que, en el orden de prioridades actual, el valor de una vida parece depender del pasaporte y la cartera que lleve consigo.